Introducción:
La razón por la cual escribo este ensayo, tiene profunda relación con el conocimiento de mi propia persona, y con la solución de los problemas que acaecen a mi existencia.
Simplemente, el objetivo de estas palabras es llegar a la aprehensión de la forma a través de la cual se desarrolla todo lo que ES, y, como desprendimiento de este saber, lograr el control de la propia vida, pues esta también forma parte de la existencia toda.
¿Y por qué habría de llegar tan lejos de mi objetivo fundamental, es decir tratar de develar la forma de la totalidad, cuando podría simplemente develar simplemente la forma del YO mismo? En primer lugar, claramente lo que impulsa esta investigación, es el ansia de conocimiento y de poder que en mi corazón se anida, la misma que eones atrás, otros como yo han guardado en sus almas. Por otra parte diré que este libro es el resultado de incontables ideas que nebulosamente rondan mi pensamiento, y tales ideas, forjadas a partir de varios años de contemplación y meditación, han arrojado que la forma de conocer la forma se halla en la comprensión de una totalidad, y que no es posible el conocimiento de cosa alguna, sin el conocimiento de su principio constitutivo y a su vez del principio de estos hasta el último límite. De ahí que esta empresa lleva el nombre de metafísica.
Aún así, estas ideas nebulares no se presentan de manera firme en mi consciencia, sino que llaman a mis acciones en circunstancias inexactas, casi de manera intuitiva.
Como un constructor que posee todos los materiales para crear un castillo, daré forma a este pensamiento para obtener la firme plataforma sobre la cual desarrollar mi filosofía.
Y ahora debo hacer una salvedad, quizás defenderme de antemano contra el análisis del exegeta. Muchas de las frases que en estas breves líneas he escrito, en poco tiempo entrarán en contradicción con el desarrollo de la metafísica. Sólo pido que el lector aguarde, pues esta es la manera más sencilla de abrirle paso a las palabras que continuarán este ensayo. En su debido momento daré las explicaciones correspondientes a cada cuestión tratada, inclusive a la misma contradicción.
Como un supuesto observable, sabemos de la existencia de numerosas otras concepciones filosóficas -con mayores o menores variantes- que intentaron e “intentan darle forma a este mundo retorcido” e incierto; y al igual que aquellas, ésta es una más; un desprendimiento de un ser cefálico, que atrapa cuanto puede y crea su propio mundo a medida que su mente es invadida por las infinitas impresiones de “lo ajeno”.
Y debido a esto, sólo puedo decir, que lo que aquí expondré, jamás lo diré desde un punto de vista supremo o arrogante (aunque, tal vez me tome la libertad de hacer ciertos comentarios subjetivos, quiero aclarar que no trato de escribir un texto científico).
La impresión causada por lo externo, es única a mi percepción, y jamás seré capaz de percibir sino por el proceso empático e intuitivo, las percepciones ajenas de todo lo que existe, no existe, o cualquier otra posibilidad a la cual no tenga acceso.
Esta es la palabra de un ser limitado, atado a sus percepciones y sentidos, tratando de recorrer el camino inverso al conocimiento, tratando de llegar a la sabiduría de la simpleza. Que comprende la necesidad de resolver su propia vida, y de paso, compactar y salvar tantos siglos de disputas filosóficas bajo un mismo sentido común.
Los Principios de la Metafísica del Abismo:
Algo está sucediendo en estos momentos, cualquiera sea su forma, o sentido. No importa qué es lo que esto sea, no importa su valor de verdad. No interesa si es algo que existe o tan sólo una ilusión de existencia. Inclusive, para eliminar cualquier rastro de temporalidad -que puede ponerse también en duda- deberíamos usar en vez de “algo está sucediendo” o “pasando”, “algo está SIENDO”. Aquí nos acercaremos un poco más a lo que se intenta explicar.
Algo ES de alguna manera, es algo que puede percibirse. Prescindiendo claro, de la acción que ahora se realiza, como leer este texto o escribirlo, en mi caso. Prescindiendo del libro en nuestras manos, del aire que nos rodea, de todos los objetos e ideas. Hemos puesto en duda estas cosas durante casi toda la edad filosófica, y con buenas razones, para filtrar las impurezas conceptuales y llegar a la más profunda realidad.
Quizás para el lector familiarizado con la línea del pensamiento metafísico, este sea uno de los conceptos primordiales, pero no está de más repasar los motivos por los cuales podemos aunque sea considerar esta visión como posible.
Partiremos de lo que por todos es conocido, de las cosas como son y como se consideran en una sociedad equis. Partiremos del mundo como lo vemos, lo tocamos, lo olemos, lo oímos, lo degustamos... o cualquier otra forma sensitiva que pueda existir y que esté pasando por alto. Vemos ahora lo que nos rodea, que no es algo que pareciera ser interesante o dudoso. Una habitación con su amueblado, aparatos electrónicos, una lámpara que genera luz y calor, ciertas cosas que se mueven por acción de una pequeña corriente de aire.
Todas estas cosas, todas estas entidades en apariencia tan naturales y sencillas han sido analizadas o ingeniadas y realizadas luego de un arduo proceso, por otros seres sensitivos, y se han determinado en ellas incontables elementos constitutivos y complejamente enlazados, tanto que en ciertos casos se ha requerido de largos años y generaciones de estudiosos en la materia para que “finalmente” se lograra fabricar o comprender el funcionamiento de dichas estructuras.
A simple vista un televisor funcionando no es nada extraño, pero si éste de un día para otro deja de funcionar, e intentamos abrirlo para tratar de repararlo, la percepción de simpleza con la que comprendíamos este objeto pronto se empezará a transformar en una completa pesadilla. Dentro de éste tan cotidiano artefacto, que la mayoría sabemos utilizar sin sobresaltos, se esconden cientos de componentes detallados que probablemente no hayamos visto en nuestras vidas. Y ahora debo decirme a mí mismo: Conozco lo que es un televisor desde casi toda una vida… ¡y me acabo de dar cuenta de que no entiendo qué es lo que sucede adentro, y ni siquiera he abierto uno con mis propias manos!
Sin embargo los artefactos funcionan, y siempre hay alguien a quien llamar en caso de que dejen de hacerlo, alguien a quien le interesa observar su complejidad. Por ello, no es de extrema preocupación comprender la complejidad del objeto. De esta manera el televisor, el microondas, la lámpara, vuelven a ser los objetos sencillos que eran antes de este flash inquisitivo.
El artefacto, claro, nunca dejó de ser el mismo (a menos que alguien me diga lo contrario, por lo cual esa persona ya debería saltar a unas cuántas páginas más adelante), pero la sensación que éstos nos ofrecen ha variado por una variación en la percepción.
Al ignorar la complejidad de un objeto, éste no parece complejo, y será tan sencillo hasta que alguien o algo demuestre lo contrario.
Bajo esta perspectiva, y si se extrapola este mismo concepto hacia cualquier otro ambiente, veremos que lo mismo sucede sin cambios sub-stanciales.
Diremos entonces que la percepción de un objeto determina su existencia en la consciencia del sujeto; sin poner en cuestión todavía la existencia del objeto en sí, sólo se afirma que la única manera de que un ser perceptual tenga noción del objeto es a través de un sentido o conjunto de ellos.
El objeto en sí, como ser total, o material no existe en la mente del que lo percibe. Sólo somos capaces de comprenderlo mediante un proceso que transforma las señales eléctricas desde y hacia las terminales nerviosas teniendo en cuenta una serie de estímulos determinados. Éstos estímulos entran desde un sentido N y se mueven como una señal que se dirige hacia algún centro nervioso, el cual la decodifica y genera la percepción de dicho objeto.
Todas las sensaciones, ya sea la de calor, texturas, sonidos, luces, o cualesquiera sean dependen en última instancia de una codificación-decodificación particular del sistema nervioso. Proposición a la cual se interpone la primera cuestión de peso.
¿Y qué tal si el cerebro o las terminales nerviosas codificasen o decodificasen los estímulos de una manera diferente? ¿Qué sería del universo, si el verde se viese como rojo, o si un sonido disparase una imagen en la retina?
El daltonismo y la sinestesia son ejemplos muy interesantes de la variación perceptual de la realidad.
El daltónico, ha nacido con una disposición celular del aparato visual que no le permite percibir ciertos colores, o perciben algunos colores como otros. Claro que su vida era totalmente normal hasta que alguien o algo le dijo que en el mundo exterior las cosas se comprendían de una manera diferente. Así, el daltónico sabe que tiene un “problema” por una cuestión de negación. Sabe que el color marrón debe ser diferente, pues algún evento lo ha hecho caer en la cuenta de que el mundo en general NO percibe las cosas como él lo hace. ¿Pequeña cuestión verdad, el darse cuenta de que lo que creíamos verdadero, y lo seguimos viendo como tal… en realidad no lo sea?
El caso de la sinestesia es también bastante particular, pues quien padece de esta afección, puede observar colores y formas que aparecen en el campo visual, al tiempo que escucha determinados sonidos.
Sabemos también de la existencia y uso de drogas alucinógenas, y de enfermedades mentales que producen alteraciones de la percepción y hasta de casi de la totalidad de la realidad. Como los sueños, que también son una muestra de cómo la mente puede alterar las percepciones de lo que “verdaderamente” estaría sucediendo.
Teniendo en cuenta todas estas cuestiones, se despierta la duda cartesiana, acerca de la veracidad del objeto percibido. Pues casi seguro que diferentes disposiciones de los aparatos sensibles producen diferentes percepciones de los objetos, y del mundo en general.
En efecto, todo ser sensible ha desarrollado diversas características y funciones que le permiten en mayor, menor, diferente, más o menos variadas formas, percibir el mundo según sus adaptaciones al medio circundante. Y aún así no puede afirmarse que alguna de estas impresiones sea la correcta, por el simple hecho de que no se tiene ningún punto de referencia salvo la propia percepción.
Podría ser que aún combinando todas las diferentes capacidades perceptivas de todos los individuos de este tipo en un solo espécimen, no se tengan en cuenta infinidad de otros estímulos externos.
Y si a esto se le suma que dos o más individuos -en el caso ideal de que todos tengan exactos e iguales aparatos sensibles y cognitivos- observando el mismo objeto desde ángulos diferentes, perciben el objeto en sí de manera diferente. O si tenemos en cuenta que dos o más individuos pueden según experiencias previas considerar la misma situación de manera diferente (es el caso de los dos individuos a los cuales se les presenta un mismo plato de alimento y deben escribir si éste es “rico” o “feo”; experimento que demuestra las más profundas contingencias), el abanico de realidades diferentes se abre aún más.
Por lo tanto, estamos obligados a dudar de lo que estamos sintiendo. El hecho de la percepción de un color no significa que este sea de esta manera, o ni siquiera significa que sea de alguna. El hecho de percibir una forma, no nos indica que en el mundo externo siquiera exista algo semejante.
Al darnos cuenta que todo lo que nos rodea ES en tanto se percibe, y no se puede estar seguro de la naturaleza de lo ajeno, pues en principio no podemos percibirlo en su totalidad; y, si sabemos que cada individuo percibe de una manera diferente no sólo por defectos en sus aparatos sensibles o cognitivos, sino por “perspectivas” sensoriales diferentes o experiencias previas; debemos descartar las formas comunes de percepción como elemento empírico confiable.
No entraremos en una pugna materialista-idealista, pues esta no es la vía que tomaremos para encarar nuestro estudio, sino dirigirnos mucho más allá de ese dilemita del “huevo y la gallina”.
viernes, 18 de enero de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario